San Juan María Vianney

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Cuando San Juan María Vianney llegó al pequeño y apartado publecito de Ars, alguien le dijo con amargura: “Aquí no hay nada a hacer”. “Entonces, hay que hacer todo”, respondió el Santo.

Y comenzó a hacer inmediatamente.  ¿El qué?…  Se lebantaba a las dos de la noche y se ponía a rezar en la oscuridad de la Iglesia, cerca del altar.  Rezaba el Ofício Divino, hacía la meditación, se preparaba para la Santa misa; depués de la Santa Misa hacía la acción de gracias, y depués todavía se quedaba rezando hasta el mediodía: de rodillas siempre, sobre el suelo, sin apoyarse, el Rosario entre las manos y la mirada fija en el Sagrario.  Así duro un poco de tiempo.

Luego, sin embargo, … dendría que empezar a cambiar los horarios; y llegó el punto de transformer radicalmente el orden de las cosas.  Jesús Eucaristico y la Virgen Santa atraían poco a poco las almas de aquella pobre parroquia, hasta que la Iglesia result insuficiente para contener la muchedumbre, y el confesionario del Santo Cura llegó a tener interminables filas de penitents, lo que obligaba al Santo Cura a estar confesando ¡durante diez, quince, y hasta dieciocho horas al día!

¿Cómo es possible esa tranformación?  Una iglesia pobre, un altar desierto, un Sagrario abandonado, un viejo confesionario, un sacerdote sin medios y con pocas dotes?  ¿Cómo podían causar en aquel desconocido pueblecito una transformación tan admirable?

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Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento; no hubo muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles;  sino que Dios ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte;  y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es;  para que nadie se jacte delante de Dios.  Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención, para que, tal como está escrito: El que se gloria, que se glorie en el Señor. (1 Cor 1:26-31)

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